UNCIÓN Y MISIÓN

Con este artículo iniciamos una serie sobre DIMENSIONES DE LA MISIÓN, a cargo del Dr. Osvaldo L. Mottesi, a quien damos la bienvenida como colaborador de El Informador.

UNCIÓN Y MISIÓN

 Osvaldo L. Mottesi

Como nunca antes proliferan, en medio del Pueblo de Dios, las estrategias de la misión. Crece el número de especialistas consumadas y sofisticados en los diversos ministerios y operaciones del cuerpo de JesuCristo. La iglesia, en este tercer milenio, parece tener experiencia de sobra en la misión. Nos sentimos saturados, llenas de conocimiento, programas, manuales y hombres y mujeres expertos en la misión. Hemos desarrollado teologías y tecnologías al servicio de cada ministerio. Todo lo hemos intelectualizado, organizado y programado para la Gran Comisión.

Aparentemente no se nos ha escapado ningún detalle en la planificación de la misión.  Parece que tenemos todo bajo control. De hecho, controlamos la misión. La tragedia, en algunos casos, es que no nos hemos entregado bajo el control del Señor de la misión. Producimos mucha acción, pero esto no significa que participamos de la misión. Acción y sólo acción no es sinónimo de misión. La misión que responde al corazón de Dios es fruto de unción. Genuina unción espiritual, que es una realidad sobrenatural. La que es fruto de la gracia de Dios. La unción del Espíritu Santo.

Sin unción no hay poder, no hay bendición, no hay misión. Se da sólo activismo religioso o, en algunos casos, un verdadero carnaval evangélico. Sin unción la misión es solo “metal que resuena o címbalo que retiñe”. “Mucho ruido y pocas nueces”. Hoy se habla mucho, y con razón, de la misión integral de la iglesia. Para que ésta sea una realidad, necesitamos experimentar primero la unción espiritual de la iglesia. Sólo la unción espiritual producirá una

fructífera misión integral. Unción para la misión debe ser el supremo anhelo de nuestro corazón y la meta suprema de nuestra vida eclesial.

La iglesia de JesuCristo, metida ya en la segunda década de este tercer milenio, necesita experimentar en plenitud personal  y comunitaria la unción del Santo Espíritu de Dios. Nuestra sociedad contemporánea, esclavizada por ideologías deshumanizantes e idolatrías diabólicas de todo tipo, demanda hombres y mujeres de Dios que piensen y sientan, vivan y ministren bajo la doble porción del Espíritu Santo. Por ello, el desafío de Dios a nuestras vidas hoy, por encima de cualquier otro, es experimentar el camino hacia la unción.

Elías y Eliseo, verdaderos “profetas mayores” en la historia de Israel, fueron dos siervos de Dios muy singulares. Verdaderos hombres de fe, convicción y dirección. Profetas carismáticos de grandes portentos y milagros. Ambos realizaron un ministerio de confrontación. Israel estaba sumido en la idolatría, prostituido espiritualmente. Se había oficializado el culto a Baal. El paganismo estaba destruyendo la vida nacional. Estos varones de Dios se levantaron denunciando el pecado, enfrentando los poderes de turno, y llamando al pueblo al arrepentimiento y la santidad.

Elías fue el padre espiritual de Eliseo. Ambos eran personalidades muy diferentes.  Provenían de realidades distintas. El ministerio de Elías fue relativamente corto. El de Eliseo duró casi medio siglo. Elías era temperamental. A veces extremadamente valeroso y temerario; otras veces caía en la desesperación. Eliseo era de carácter más controlado, más equilibrado. Elías fue criado en la zona pobre de Galaad. Se vestía con pelo de camello y su estilo de vida era silvestre. Eliseo provenía de una familia acomodada. Le agradaba la vida en las ciudades. Se hospedaba en palacios y con frecuencia estuvo en presencia de reyes.

A pesar de estas y otras marcadas diferencias personales, ambos profetas tuvieron un ministerio igualmente ungido, poderoso y de tremenda bendición. Si Elías puede considerarse como un tipo de JesuCristo, Eliseo es nuestro representante. En ambos encuentran ejemplo inspirador todos aquellos y aquellas que deseamos vivir como instrumentos fructíferos del poder de Dios en esta hora.

Lo anterior nos guía a la siguiente conclusión: Todos los siervos y siervas de Dios somos frutos de realidades y experiencias distintas. Representamos ministerios diferentes. Nos caracterizan énfasis particulares. Algunos, algunas ministramos en contextos rurales, casi rurales, o pueblos pequeños o aislados. Otros, otras servimos en grandes ciudades. Por todo esto, las demandas de nuestros ministerios son diferentes. Como consecuencia, nuestros estilos de vida son también muy distintos. Pese a todas estas y otras diferencias todos por igual necesitamos sin excepción vivir y servir bajo la unción espiritual, fresca y plena del Espíritu Santo. No hay alternativa. Esto es inescapable. Unción y misión son las dos inseparables caras de la misma moneda, a los ojos de Dios.

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