PREDICACIÓN Y MISIÓN

Osvaldo L. Mottesi

La predicación que participa de la misión de Dios demanda pasión, poder y propósito. La exhortación de Dios al profeta Isaías en sus días, sigue vigente para nosotras y nosotros en los nuestros: “Clama a voz en cuello, no te detengas, alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado”. (Is 58:1).

Desde los días de Pablo y Timoteo hasta los nuestros, la admonición sigue siendo la misma: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo; que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo, redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti 4:12).

Sin proclamación no hay misión integral y sin un claro compromiso con la misión integral, la proclamación es “metal que resuena o címbalo que retiñe”. La proclamación fue, es y será mandamiento, un mandato ineludible como parte de la misión.

La proclamación del Evangelio del Reino exige PASIÓN.  Pasión, en este contexto es fruto de la unción fresca, plena y poderosa del Espíritu Santo. El libro de Los Hechos nos relata de los primeros predicadores de la iglesia en Jerusalén diciéndonos: “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo (es decir, apasionadamente) la palabra de Dios” (Hch 2:31).                                Necesitamos volver a experimentar lo que décadas atrás Carlos Silvestre Horne llamó “el romance de la predicación”, es decir, vivir profundamente enamorados de nuestro ministerio como proclamadores y predicadoras; enamoradas, enamorados del Señor de nuestro ministerio y de su bendita Palabra. Esto no traerá efervescencia emotiva solamente, sino pasión genuina, pasión espiritual por la proclamación. Esto hará que nuestro pueblo de habla castellana en todo el mundo, bendecido con tanta proclamación apasionada mediante la unción espiritual, pero también manipulado y desorientado a veces con tanta proclamación superficial, viva la realidad de la apasionada convicción de Juan Wesley:  “Dadme cien predicadores que no teman a otra cosa que al pecado y no deseen otra cosa que a Dios, y me importa un bledo que sean clérigos o laicos, solamente los tales sacudirán las puertas del infierno y establecerán el reino de los cielos en la tierra”.  Como me dijo un campesino pastor hace ya varios años en la costa del caribe colombiano: “predicar es arrancar una brasa ardiendo de mi corazón y ponerla en tu corazón”. ¡Hagámoslo para la gloria de Dios!

La proclamación del Evangelio del Reino exige PODER.  El apóstol Pablo grita a los cuatro vientos: “Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…” (Romanos 1:16a).  El Evangelio del Reino es el poder más grande del mundo. Un poder divino (de Dios), un poder benéfico (para salvación), un poder universal (a todo aquel que cree). Pero la proclamación de este Evangelio que es en sí poder, será proclamación poderosa cuando la iglesia en general y sus proclamadores y proclamadoras en particular, seamos instrumentos abiertos, dóciles al poder divino, que es el poder del Padre, el poder de la Palabra inspirada, el poder de JesuCristo el Señor de la Palabra. Y todo ello hecho accesible a través del ministerio del poder pentecostal del Espíritu Santo.

Hemos crecido tremendamente en todo el mundo. Templos, colegios, institutos, seminarios e instituciones cristianas de todo tipo se levantan por doquier. A pesar de las limitaciones económicas, políticas y sociales que nunca faltan, la obra de Dios crece, entre otras cosas, en poder institucional. Todo eso es bueno, es bendición de Dios cuando se usa como medio para la misión y no como un fin en sí mismo. El único poder que hará poderosa la proclamación de la iglesia es el poder de Dios. Proclamación con poder produce perdón y pentecostés.

La proclamación del Evangelio del Reino exige PROPÓSITO. En uno de nuestros libros definimos la predicación afirmando que “predicar es satisfacer necesidades humanas”. Por ello el propósito es central en la misión proclamadora. El ministerio de proclamación debe tener, entre otros, un doble propósito, si en verdad intenta satisfacer necesidades humanas. 1)  Para discernir las reales necesidades humanas, la iglesia proclamadora está exigida a vivir encarnada, invertida en la vida de su pueblo. Esto nada tiene que ver con predicadores o predicadoras paracaidistas. Esto demanda presencia pastoral, estar donde nos necesitan. También requiere análisis, reflexión y oración, “discernir los signos de los tiempos”, es decir, lo que Dios nos dice a través del pueblo, la ciudad, la nación, a nosotras y nosotros que conocemos su palabra y por ello su voluntad.  2)  La clave es tratar de escuchar a Dios pero, al hacerlo, simultáneamente intentar comprender las necesidades que palpitan en las vidas de nuestra gente, nuestra congregación. Como diría el teólogo suizo Karl Barth: “en una mano la Biblia, en la otra mano el periódico; para saber lo que dice Dios, para conocer lo que grita el mundo y, a partir de estas dos revelaciones, proclamar a las reales necesidades del mundo y de la iglesia”. Esto es proclamación con propósito, aquella que en forma intencional e integral y en actitud pastoral responde, satisface las necesidades de toda la experiencia humana desde el Evangelio del Reino.

PASIÓN, PODER Y PROPÓSITO son las demandas ineludibles de toda predicación que participa con frutos, de la misión de Dios.

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