La inmigración: una “enfermedad” de la sociedad estadounidense

LA HABANA. La formación de Estados Unidos registra los índices de inmigración más grandes y diversos de la historia de la humanidad. Gracias a los inmigrantes fue posible colonizar los territorios del este del país y extenderse hacia el oeste, hasta unir las costas del océano Atlántico con el Pacífico.

Sin los inmigrantes no hubiese sido posible explotar el potencial agrícola, minero e industrial de Estados Unidos, construir las redes ferroviarias, el sistema de carreteras o los rascacielos que hoy caracterizan el paisaje de las grandes ciudades norteamericanas. Incluso las poderosas fuerzas armadas estadounidenses, siempre se han nutrido de la participación de los inmigrantes.

Pero no solo hay que pensar en los inmigrantes como mano de obra barata de las grandes empresas, muchos de los avances científicos norteamericanos están relacionados con la contribución de inmigrantes procedentes de diversas partes del mundo. Se calcula que históricamente los inmigrantes han aportado alrededor de la tercera parte de las patentes registradas en Estados Unidos.

Gracias a los inmigrantes, la sociedad norteamericana muestra los indicadores demográficos más sanos entre los países altamente desarrollados, toda vez que estos incorporan juventud y mayor capacidad reproductora al desarrollo poblacional. La riqueza de la cultura norteamericana, base de la enorme industria del entretenimiento, en buena medida hay que agradecerla a la contribución de los inmigrantes.

Sin embargo, aunque cierto discurso reconoce el papel de los inmigrantes en la formación y desarrollo del país, a escala de las relaciones sociales la inmigración ha sido percibida como una “enfermedad crónica” de la historia norteamericana.

En parte tiene que ver con la odisea que por lo general ha acompañado a la inmigración. Muchos llegaron de manera forzada, como los esclavos africanos, otros en condiciones de servidumbre, hasta pagar el costo de sus viajes. A finales del siglo XIX miles de europeos viajaban en barcos considerados “ataúdes flotantes” y ahora los latinoamericanos y caribeños llegan en travesías infernales o por los medios marítimos más arriesgados, con la esperanza de acceder al “sueño americano”.

Pero incluso aquellos que han arribado por vías menos terribles, han tenido que enfrentar el enorme sacrificio que siempre ha implicado la aventura migratoria. Por un lado, el drama implícito en el desarraigo y, por otro, porque en algún momento de la historia, ningún inmigrante, ni siquiera los blancos de origen europeo, han podido eludir el rechazo y la discriminación del resto de la sociedad.

Ocurrió a los franceses y alemanes por no ser anglosajones; a los irlandeses, por miserables y católicos, y así continuó con los judíos, los italianos y los eslavos, hasta llegar a los latinoamericanos, dando lugar a ciclos perniciosos, donde los discriminados terminaban convirtiéndose en discriminadores.

Aunque la xenofobia y la discriminación se justifican a partir de causas relacionadas con el origen nacional o por diferencias culturales, religiosas y raciales, la verdadera razón radica en el impacto económico de la inmigración. Mediante la importación de trabajadores extranjeros, los patronos degradan el valor del trabajo y segmentan la capacidad de resistencia de los trabajadores.

Educados para salvar de culpa al sistema, buena parte de la clase media blanca norteamericana e incluso otros sectores de la sociedad, tienden a culpar a los inmigrantes de sus problemas. No es casual que las actitudes discriminatorias se exacerben en momentos de deterioro económico y social. Eso precisamente es lo que estamos observando en Estados Unidos.

Aunque ciertos indicadores macroeconómicos, como el nivel de empleo, se muestran positivos, la mayoría de los investigadores señalan que Estados Unidos no ha superado los problemas estructurales que propiciaron la crisis de 2008. Ello determina un clima de insatisfacción e inseguridad, que tiene expresión en la polarización social y política existente.

Donald Trump comprendió el conflicto y lo ha explotado hasta el delirio. No es el primero, la historia de Estados Unidos está repleta de excesos contra los inmigrantes, así como de la utilización del tema migratorio con fines políticos.

Mirado más hacia la actualidad, ni siquiera Trump inventó el muro y la militarización de la frontera, que comenzó con Bill Clinton, o las deportaciones masivas, iniciadas por George W. Bush y Barack Obama, pero Trump le ha aportado la cualidad de la desfachatez. No solo al discurso antinmigrante, plagado de insultos y mentiras, sino a prácticas concretas que descartan las reglas más elementales para el tratamiento de este fenómeno.

La separación de las familias, con miles de niños abandonados a su suerte; el encarcelamiento en verdaderos campos de concentración y la más reciente disposición de negar el proceso de asilo a aquellos inmigrantes indocumentados que hayan transitado por otros países, constituyen retrocesos de todo lo que puede haber avanzado la legislación internacional y la propia sociedad norteamericana en el enfoque de esta problemática.

Sin embargo, la política de Trump no se detiene en el caso de los inmigrantes indocumentados, sino que se extiende a la discriminación de aquellos procedentes del Tercer Mundo que pretenden emigrar legalmente a Estados Unidos, especialmente los latinoamericanos, o incluso a los que ya radican en ese país y aplican para obtener la ciudadanía norteamericana.

La prensa ha denunciado la demora ex profeso de estos trámites, con el fin manifiesto de limitar los derechos políticos de estas personas, así como que la administración Trump anda cocinando una política migratoria que elimine la reunificación familiar, como prioridad para conceder visas de estancia permanente en ese país. Un logro del movimiento de derechos civiles de los años 60 del pasado siglo.

Nadie se salva de esta aversión patológica contra los inmigrantes. A los migrantes venezolanos, en buena medida fruto de la política contra el gobierno de Nicolás Maduro y uno de los argumentos para demonizarlo, se les niega el Estatus de Protección Temporal (TPS), lo que los deja en un limbo legal que por ahora no tiene solución.

Por su parte, los cubanos han transitado de ser los inmigrantes más privilegiados de la política norteamericana a uno de los grupos más desventajados, toda vez que el cierre del consulado en La Habana impide conseguir visas en el país para emigrar o viajar a Estados Unidos. Las posibles consecuencias de esto las perciben incluso los políticos de la derecha cubanoamericana, que públicamente se han manifestado en contra de una situación que, paradójicamente, ellos han contribuido a crear.

Todo el mundo sabe que la política contra los inmigrantes de Donald Trump, tiene una sólida base de apoyo en los sectores supremacistas de la sociedad norteamericana y a ello apuesta el mandatario en su pretensión de reelegirse en 2020.

Lo que no se sabe con certeza es hasta dónde puede herir la sensibilidad de personas que, incluso siendo conservadoras, rechazan los abusos de estas prácticas y esto puede incrementar una oposición que Trump estimula casi por generación espontánea.

La cuenta parece bastante clara, la brutalidad de la política contra los inmigrantes ya tiene todos los amigos posibles, pero su rechazo puede crecer exponencialmente y convertirse en un gran problema para los planes del presidente.

Más allá del resultado político, sería un baño en salud que necesita la sociedad norteamericana y ojalá ayude a comprender que la enfermedad no radica en los inmigrantes.

FUENTE: Progreso Semanal.

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