Confesiones del alma

A la memoria de Noel Martel, Douglas y Yelso Molinari, tres primos hermanos de mi difunta madre María Teresa, que recién han partido de este mundo al gozo Divino. Por ello, cómo no recordar justo en estos momentos, el sentir poético de autoría anónima que nos hace reflexionar en torno a la pregunta “será que uno a cierta edad se vuelve más selectivo para todo o ya más cansado y con todo lo vivido elije lo que le queda más cómodo y lo que le da más paz”.

“Será que a una cierta edad los amigos son tal vez menos pero más sinceros, nos quedamos con los que nos hacen bien y los más buenos, los que nos ayudan a crecer y se dejan ayudar al mismo tiempo… Será que los años nos ponen en el camino compañeros de vida que nos enseñan tanto y se forman vínculos fuertes y verdaderos… Será que a cierta edad se empieza a respirar con más calma, y al que agrede lo corremos, al que miente con maldad lo ignoramos, al resentido lo alejamos y buscamos abrazarnos a aquellos que como nosotros buscan recorrer el resto del camino en equilibrio emocional”.

“Será que descubrimos a nuestros padres a veces muy tarde y entendemos que no eran súper héroes sino almas hermosas que dieron lo mejor que ellos pudieron con aciertos y desaciertos. Será que el amor se transforma, las miradas confiesan lo que sienten, no mienten, no hay peleas tontas, ni desencuentros que duelan, sino más bien la vida misma con las risas y las penas en buena compañía, y la soledad también se disfruta, no es necesario tanto ruido ni griterío, el sillón, una manta, y una copa de vino alcanzan para cerrar los ojos y hundirnos en algún sueño o algún lindo recuerdo”.

“Será que la vida va pasando y las piezas se siguen acomodando, pero sin tanto apuro pensamos en cómo vivir y cómo moverlas… Será que la vida nos hace más sabios si supimos aprovechar cada fracaso, cada dolor, cada desencanto para volvernos más fuertes, más sensibles, menos perfectos, más humildes, menos ambiciosos y más humanos”. Y es que cuando los años pasan, “ves el amor de una forma diferente, te enamoras del alma de las personas; solo quieres amor y tranquilidad, aprecias más la vida porque madura en ti y notas que la conciencia te dice que nada es para siempre y lo más importante: que cada minuto es un milagro por estar vivo”.

Definitivamente, “Tal vez sea la madurez, los años o incluso la resignación, pero siempre llega un momento en que nos damos cuenta que hay discusiones que ya no valen la pena. Es entonces cuando preferimos optar por ese silencio que calla y sonríe, pero que nunca otorga, ese que comprende, por fin, que no sirve de nada dar explicaciones a quien no desea entender”. Sin duda, “La gente muere y queda todo ahí, los planes a largo plazo, las tareas de casa, las deudas con el banco…”.

“Las parcelas, las joyas, el coche nuevo que compré para tener status. La gente muere sin siquiera guardar la comida en el refri, todo se pudre, la ropa se queda colgada o puesta en su lugar. La gente muere, se disuelve toda la importancia que pensábamos que teníamos, la vida continúa, las personas superan tu ausencia y siguen sus rutinas normalmente. La gente muere, y todos los grandes problemas que creíamos que teníamos se transforman en un inmenso vacío. Los problemas viven dentro de nosotros. Las cosas tienen la energía que ponemos en ellas y ejercen en nosotros la influencia que permitimos”.

“La gente muere, y el mundo sigue siendo caótico, como si nuestra presencia o ausencia no hiciera la menor diferencia. En realidad, no lo hace. Somos pequeños, pero prepotentes. Vivimos olvidando que la muerte siempre está al acecho. La muerte está tan segura de su victoria que nos da toda una vida de ventaja. La gente muere, y somos rápidamente reemplazados en el puesto que ocupábamos en la empresa. Las cosas que ni siquiera usamos, son donadas, algunas tiradas a la basura”.

“Cuando menos esperamos, la gente muere. Por otra parte, ¿quién espera morir? Si la gente esperase por la muerte, tal vez procurara vivir mejor. Tal vez usara su mejor ropa hoy, usara su mejor perfume, viajará hoy, tal vez la gente comiese el postre antes del almuerzo. Tal vez la gente esperase menos de los demás, si la gente esperase por la muerte, tal vez perdonaría más, reiría más, apreciara la naturaleza, tal vez valoraría más al tiempo y menos al dinero. A partir del momento en que la gente nace comienza el viaje veloz con destino al fin”.

Pero sabes qué: “No te acerques a mi tumba sollozando. No estoy allí. No duermo ahí. Soy como mil vientos soplando. Soy como un diamante en la nieve, brillando. Soy la luz del sol sobre el grano dorado. Soy la lluvia gentil del otoño esperado. Cuando despiertas en la tranquila mañana, soy la bandada de pájaros que trina. Soy también las estrellas que titilan, mientras cae la noche en tu ventana. Por eso, no te acerques a mi tumba sollozando. No estoy allí. Yo no morí”. Plegaria Indígena.

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